Humanos en tiempos de Inteligencia Artificial
Mtro. Luis Alfonso González Valencia, S.J.
Rector
Iniciamos un nuevo semestre en la Ibero León en medio de una transformación tecnológica cuya velocidad y alcances apenas comenzamos a comprender. La inteligencia artificial ha dejado de ser una posibilidad del futuro para incorporarse a nuestra vida cotidiana: está modificando la manera en que trabajamos, nos comunicamos, buscamos información, aprendemos, enseñamos y tomamos decisiones.
Por ello, no es casual que durante nuestra reciente Lectio Brevis la Dra. Mariana Méndez Gallardo nos invitara a reflexionar sobre una pregunta provocadora: ¿es realmente inteligente la inteligencia artificial? Tampoco es casual que el Papa León XIV haya dedicado su primera encíclica, Magnifica humanitas, para reflexionar sobre la grandeza de lo humano en medio de la revolución tecnológica que estamos viviendo.
Ambas reflexiones nos colocan ante una cuestión fundamental para nuestra Universidad: ¿qué significa ser y formar seres humanos en tiempos de inteligencia artificial? La pregunta no supone rechazar la tecnología. La inteligencia artificial abre posibilidades extraordinarias para la investigación, la medicina, la educación, la ciencia y muchos otros ámbitos de nuestra vida. Sería ingenuo pretender mantenernos al margen de ella. Como universidad estamos llamados a conocerla, utilizarla, investigarla y desarrollar las capacidades necesarias para participar responsablemente en esta transformación.
Pero precisamente porque reconocemos su enorme potencial, necesitamos preguntarnos también por aquello que no podemos ni debemos delegar.
Magnifica humanitas nos recuerda que la inteligencia humana no puede reducirse a procesar información, establecer correlaciones o generar respuestas. Somos capaces de preguntarnos por el sentido, experimentar el asombro, crear, amar, sufrir con otros, discernir entre posibilidades y asumir responsablemente nuestras decisiones. Nuestra inteligencia está atravesada por nuestra historia, nuestros afectos, nuestra libertad, nuestras relaciones y nuestra apertura a la trascendencia.
Y quizá aquí encontramos algo esencial: son las y los demás quienes nos hacen humanos.
Nadie aprende a ser persona en soledad. Aprendemos a hablar porque alguien nos habla; aprendemos a confiar porque alguien nos acoge; aprendemos a cuidar porque hemos experimentado el cuidado; aprendemos a pensar porque otros nos interrogan, nos contradicen y amplían nuestra manera de mirar el mundo. Nuestra humanidad no es una construcción individual: se teje en relación con las y los demás.
Esta afirmación adquiere una relevancia particular en tiempos de inteligencia artificial. Una máquina puede simular una conversación, producir un texto o una imagen, analizar cantidades extraordinarias de información e incluso anticipar algunas de nuestras decisiones. Pero no comparte con nosotros ese horizonte afectivo, relacional y espiritual desde el cual la existencia humana adquiere sentido.
Por ello, uno de los mayores riesgos de la inteligencia artificial quizá no consista en que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a nosotros, sino en que nosotros terminemos pareciéndonos demasiado a las máquinas.
Esta cuestión toca directamente el corazón de la tarea universitaria. Cuando una herramienta puede elaborar en segundos un ensayo, una síntesis o una respuesta, debemos preguntarnos qué significa verdaderamente aprender. Porque educar nunca ha consistido solamente en producir resultados. Aprendemos también cuando dudamos, cuando nos equivocamos, cuando una pregunta se resiste, cuando tenemos que volver sobre un texto y, particularmente, cuando confrontamos nuestra mirada con la mirada de los demás.
La irrupción de la inteligencia artificial representa para las universidades mucho más que un desafío tecnológico. Es un desafío pedagógico, ético y profundamente humanista. Nos obliga a preguntarnos qué capacidades queremos cultivar y qué experiencias educativas resultan irrenunciables para formar personas libres, críticas, creativas, compasivas y capaces de discernir.
También nos exige mirar más allá de nuestras aulas. Detrás de la inteligencia artificial existen datos, infraestructuras, recursos naturales, condiciones laborales y enormes concentraciones de poder económico y tecnológico. Preguntarnos quién controla estas tecnologías, a quién benefician, quién queda excluido y cuáles son sus costos sociales y ambientales forma parte de nuestra responsabilidad universitaria.
Al iniciar este Otoño 2026, quisiera invitarnos a asumir esta conversación como comunidad universitaria. No necesitamos elegir entre tecnología y humanidad. Necesitamos aprender a poner la primera al servicio de la segunda.
Quizá una de las preguntas más importantes que nos plantea la inteligencia artificial no sea hasta dónde podrán llegar las máquinas, sino qué humanidad queremos hacer posible juntos. Esa respuesta no podrá generarla ningún algoritmo. Tendremos que construirla entre todas y todos.
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