Inteligencia artificial, dignidad humana y la urgencia de la gobernanza
Mtro. Gustavo González Ramírez
Director General Académico
Durante los últimos años, en diferentes espacios de encuentro del Sistema Universitario Jesuita (SUJ) y de la Asociación de Universidades Confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL), hemos discutido sobre la irrupción de la inteligencia artificial, sus posibilidades y el llamado que tenemos, como obras educativas, a profundizar en su adopción y en los efectos que tendrá en nuestra sociedad. Para la Universidad Iberoamericana León, esta discusión no es ajena ni puede reducirse a una cuestión de actualización tecnológica. Nos interpela directamente como universidad: en la formación de nuestros estudiantes, en nuestra manera de enseñar e investigar y, sobre todo, en la responsabilidad que tenemos frente a las transformaciones sociales que acompañarán el desarrollo de estas tecnologías.
Estas conversaciones ocurren en un momento en que la IA se ha convertido en una de las fuerzas más transformadoras de nuestro tiempo. Su presencia se extiende prácticamente a todos los ámbitos de la vida y, aunque con frecuencia se le presenta como una herramienta capaz de aumentar la productividad, optimizar procesos y ampliar nuestras capacidades, esta descripción parece ya insuficiente. La IA no solo modifica lo que hacemos; comienza a transformar la manera en que trabajamos, aprendemos, nos relacionamos y tomamos decisiones. Más que una innovación tecnológica, constituye uno de los signos más visibles de un auténtico cambio de época.
Este escenario obliga a formular una pregunta fundamental: ¿todo aquello que es técnicamente posible resulta también conveniente para la vida humana? El desafío ya no consiste únicamente en conocer las capacidades de estos sistemas, sino en discernir sus límites y preguntarnos qué lugar queremos reservar para la acción humana.
La inteligencia artificial puede entenderse como un potente acelerador del paradigma tecnocrático contemporáneo. La eficiencia, la optimización y el control adquieren progresivamente un valor propio y corremos el riesgo de convertirlos en criterios predominantes para organizar la vida social. Jacques Ellul advirtió hace décadas esta tendencia: en las sociedades tecnificadas, aquello que puede hacerse tiende a presentarse como algo que debe hacerse, y el incremento de la eficiencia adquiere una legitimidad casi automática. La técnica deja entonces de responder únicamente a fines humanos y comienza también a determinar prioridades, ritmos y formas de organización (Ellul, 2003).
Byung-Chul Han ha mostrado, desde una perspectiva contemporánea, cómo esta lógica penetra incluso en la comprensión que tenemos de nosotros mismos. En una cultura dominada por la información, los datos y el rendimiento, las personas pueden terminar convertidas en perfiles, patrones de comportamiento o unidades de desempeño susceptibles de optimización (Han, 2022). La inteligencia artificial lleva esta dinámica a una nueva escala: nuestras preferencias se convierten en predicciones, nuestras acciones en datos y un número creciente de decisiones queda mediado por algoritmos. El riesgo es terminar valorando la realidad —y a nosotros mismos— principalmente a partir de aquello que puede medirse, procesarse y optimizarse.
Frente a ello, la pregunta se vuelve profundamente antropológica: ¿qué significa ser humano en una época en la que muchas actividades asociadas hasta ahora con la inteligencia pueden ser realizadas por sistemas artificiales?
La carta encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, ofrece un punto de referencia especialmente pertinente. Frente a la fascinación por las capacidades de cálculo, procesamiento y predicción de las máquinas, vuelve a colocar en el centro la dignidad de la persona y el primado de la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, para orientar las innovaciones técnicas y establecer responsablemente sus usos y límites (León XIV, 2026). La inteligencia humana no puede reducirse al procesamiento de información: implica conciencia, libertad, creatividad, responsabilidad moral, capacidad de amar, cuidar, construir comunidad y buscar sentido. Desde esta perspectiva, la cuestión decisiva no es cuánto pueden llegar a hacer las máquinas, sino qué dimensiones de la experiencia humana queremos preservar, cultivar y fortalecer.
Esta reflexión resulta todavía más urgente cuando observamos las estructuras de poder que acompañan el desarrollo de la IA. Una parte importante de estas tecnologías se encuentra concentrada en un número reducido de corporaciones con enormes recursos económicos, infraestructura tecnológica y capacidad de influencia global. Por ello, la discusión sobre inteligencia artificial no puede limitarse a sus capacidades técnicas: es también una discusión sobre poder, responsabilidad y bien común. ¿Quién decide hacia dónde se desarrolla? ¿Quién establece sus límites? ¿Qué intereses determinan sus prioridades?
Aquí aparece, a mi juicio, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo: la gobernanza. La velocidad de la innovación está superando nuestra capacidad para deliberar colectivamente sobre sus consecuencias. Esperar a que los efectos aparezcan para comenzar a establecer límites puede ser demasiado tarde. Necesitamos marcos regulatorios capaces de definir, desde ahora, dónde estas tecnologías deben impulsarse, dónde requieren restricciones claras y dónde existen dimensiones de la vida humana que debemos decidir preservar. No se trata de detener el desarrollo tecnológico, sino de evitar que sean únicamente la posibilidad técnica, la eficiencia o la lógica del mercado las que determinen su rumbo.
Esta responsabilidad, sin embargo, no corresponde solamente a gobiernos, organismos internacionales o empresas tecnológicas. También nos corresponde a nosotros. Como comunidad de Ibero León, el desafío no consiste únicamente en aprender a utilizar la inteligencia artificial, sino en asumir una responsabilidad sobre el rumbo que tome. Estudiantes, docentes, investigadores y quienes participamos en la vida universitaria estamos llamados a incorporar, antes de cada proyecto, preguntas de fondo: ¿para qué queremos desarrollar o utilizar esta tecnología?, ¿es realmente pertinente hacerlo?, ¿qué consecuencias humanas puede tener?, ¿amplía las capacidades de las personas o las desplaza innecesariamente? Formar en inteligencia artificial no puede reducirse al dominio técnico; implica también formar criterio, capacidad de discernimiento y responsabilidad sobre sus efectos. Si estas tecnologías contribuirán a configurar la sociedad de las próximas décadas, nuestra tarea como universidad no es simplemente adaptarnos a ellas, sino participar conscientemente en la definición de sus límites, sus propósitos y su sentido.
Referencias
Ellul, J. (2003). La edad de la técnica. Octaedro.
Han, B.-C. (2022). Infocracia: La digitalización y la crisis de la democracia (J. Chamorro Mielke, Trad.). Taurus.
León XIV. (2026, 15 de mayo). Magnifica Humanitas: Carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. La Santa Sede.
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