La dignidad humana no cabe en un algoritmo 

La dignidad humana no cabe en un algoritmo

Mtro. Ignacio Gómez García

Académico investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades

Nos hemos acostumbrado a convivir con algoritmos que deciden las noticias que aparecen en nuestras pantallas, la música que escuchamos, las series que vemos, y hasta los productos que compramos. Aunque solemos percibirlas como simples herramientas, su influencia sobre nuestra vida cotidiana es cada vez mayor. Por ello no debe sorprendernos que el papa León XIV haya dedicado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, a reflexionar sobre la inteligencia artificial. El documento ha logrado captar la atención de los medios de comunicación porque trasciende el ámbito religioso y constituye una intervención intelectual y ética en uno de los debates más importantes de nuestro tiempo: cómo preservar la dignidad humana en una sociedad donde los sistemas digitales influyen crecientemente en nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra manera de comprender la realidad.  

Durante décadas hemos escuchado que la tecnología es neutral y que el progreso técnico conduce al progreso social pero la realidad es mucho más compleja. La inteligencia artificial participa en la selección de información que consumimos, en la publicidad, en los procesos educativos e incluso en decisiones relacionadas con la salud o la seguridad. Por ello, la pregunta fundamental ya no es qué puede hacer la tecnología, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo a través de ella. 

Uno de los principales aportes de Magnifica Humanitas consiste en cuestionar la tecnocracia. La encíclica recuerda que la existencia humana no puede reducirse a métricas. El sufrimiento, la esperanza, la solidaridad, la creatividad o el amor son dimensiones esenciales de nuestra vida que ningún algoritmo puede captar plenamente. Esta preocupación conecta con una tradición filosófica más amplia. Miguel Ángel Quintanilla, profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Salamanca, ha insistido en que la tecnología no es simplemente un conjunto de artefactos, sino una forma de acción humana orientada a transformar la realidad. Las tecnologías reflejan valores, intereses y decisiones colectivas. Por ello, la cuestión decisiva no es si la tecnología es buena o mala en sí misma, sino qué fines persigue, quién la controla y cómo se integra en el resto de la cultura. 

Magnifica Humanitas también dirige la atención hacia un fenómeno que suele permanecer invisible: la concentración del poder tecnológico. Un reducido número de corporaciones controla infraestructuras digitales, plataformas de comunicación, sistemas de inteligencia artificial y enormes cantidades de datos personales. Esta concentración no solo tiene consecuencias económicas; también influye en la cultura, la política y la manera en que comprendemos el mundo. 

En este contexto emerge otro concepto relevante: el colonialismo tecnológico. Muchos países consumen tecnologías diseñadas en otros lugares, utilizan plataformas cuyo funcionamiento desconocen, y entregan grandes cantidades de información a infraestructuras que no controlan. La dependencia tecnológica puede convertirse también en dependencia económica, cultural y política. Magnifica Humanitas reflexiona sobre las nuevas formas de imperio que surgen cuando el poder tecnológico se concentra en pocas manos. La cuestión no es únicamente técnica. Es también una cuestión de justicia, participación y distribución del poder. 

Sería un error interpretar el documento como una condena de la tecnología, ya que la encíclica reconoce explícitamente sus enormes beneficios. La inteligencia artificial puede contribuir al diagnóstico médico, la investigación científica, la accesibilidad, y a numerosas tareas que mejoran la calidad de vida. La cuestión central es otra: ¿al servicio de quién se encuentra esa transformación? León XIV insiste en que el progreso tecnológico solo puede considerarse auténtico progreso cuando fortalece la dignidad humana y el bien común. 

Esta discusión resulta especialmente importante para quienes están actualmente en nuestras aulas, pues pertenecen a la primera generación que convivirá durante toda su vida con sistemas avanzados de inteligencia artificial: serán quienes utilicen estas tecnologías, pero también serán responsables de su diseño, regulación, investigación, y difusión; de su emprendimiento y desarrollo, de su enseñanza, así como de las decisiones sobre su uso en la sociedad. La tradición educativa jesuita ha defendido históricamente una formación integral de la persona. Esto significa que el conocimiento técnico debe ir acompañado de reflexión ética, sensibilidad social y compromiso con la justicia. 

Quizá el aspecto más valioso de Magnifica Humanitas sea su insistencia en rescatar una visión antropocéntrica de la tecnología. Las tecnologías son creaciones humanas y, por tanto, deben permanecer subordinadas a fines humanos. Esta idea encuentra un eco notable en el pensamiento de José Sánchez Villaseñor, S.J., quien advertía la necesidad de “someter la técnica al espíritu”. En el contexto contemporáneo, marcado por el auge de la inteligencia artificial, esta afirmación podría traducirse de manera sencilla en una convicción fundamental: la persona no existe para servir a los algoritmos, son los algoritmos los que deben estar al servicio de las personas. En la práctica este principio implica exigir transparencia en los sistemas automatizados, proteger la privacidad de los datos personales, evitar formas de discriminación algorítmica, y garantizar que los beneficios de la innovación se distribuyan de manera justa. 

La inteligencia artificial puede ayudarnos a resolver problemas complejos y ampliar nuestras capacidades, pero ninguna tecnología puede sustituir nuestra responsabilidad moral, ningún algoritmo puede decidir qué sociedad consideramos justa, no hay modelo matemático que pueda definir el sentido de una vida humana. El desafío consiste en aprender a utilizar la tecnología de manera racional, consciente y responsable.  

En una época en la que todo parece acelerarse -la información, el consumo, las decisiones y hasta las relaciones humanas-, detenerse a pensar constituye un acto de rebeldia. Pensar significa cuestionar, deliberar, reconocer matices y asumir la responsabilidad de decidir conscientemente en lugar de delegar nuestro juicio a sistemas automatizados. Por eso, la pregunta decisiva de Magnifica Humanitas no es tecnológica, sino antropológica: ¿qué significa vivir humanamente en la era de la inteligencia artificial? De la respuesta que demos dependerá el tipo de sociedad que construyamos. Una sociedad centrada exclusivamente en la eficiencia, la competencia y la explotación de datos, o una comunidad que utilice la tecnología como herramienta para ampliar la libertad, fortalecer la solidaridad y promover una vida más justa y más digna para todas y todos. 

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